He sido músico profesional durante años: ensayos, conciertos, sesiones de estudio, todo ello.
En algún momento, mi cuello empezó a pasar factura. Durante mucho tiempo, no le di mucha importancia.
Un poco de rigidez aquí. Un poco de tensión allá. El tipo de cosas que te sacudes entre sets...
...y que olvidas al día siguiente. No se quedó así.
En algún momento del último año, dejó de desaparecer entre conciertos. Lo notaba aparecer incluso antes de coger mi instrumento.
Simplemente siguiendo con mi día... Girando la cabeza de cierta manera... ...y ahí estaba. Luego llegó la noche antes de un gran concierto.
Recuerdo estar en la cama, incapaz de girar la cabeza sin que un tirón me recorriera el hombro.
Pensando: Puede que no pueda tocar mañana.
Llevaba meses lidiando con eso en ese momento. Siempre diciéndome que era el precio de hacer esto.
Horas en la misma posición cada noche.
Movimientos de cabeza en los sets. Encorvado sobre un instrumento. Manteniendo una posición fija todo el tiempo que fuera necesario.
Nadie te advierte sobre esa parte cuando empiezas a tocar.
Esa noche fue diferente. Esa fue la noche en que dejé de aceptarlo como normal.